La librería El Ateneo fue el escenario elegido por el escritor Guillermo Martínez para presenar su nueva novela, “Un crimen dialéctico”, una historia policial atravesada por la filosofía, la ciencia, la militancia política y los dilemas morales. Durante la charla, Martínez recordó su vínculo con Tucumán, explicó cómo surgieron algunas ideas de sus libros y reflexionó sobre los lectores, la crítica literaria y el presente cultural.

“Un crimen dialéctico” se inscribe dentro de un género que ya exploró en otras novelas. “La considero una novela policial, dentro de ese género un poco elusivo que llamo policial filosófico”, explicó.

En este caso la pregunta central pasa por la existencia del libre albedrío. La trama incorpora un experimento de neurociencia que parece ponerlo en duda y que luego adquiere importancia para el protagonista, a quien le encargan la misión de matar a una persona con la que debe convivir. “Siempre hay una cuestión que puede atravesar las épocas y que me interesa tratar en medio de un drama humano”, afirmó Martínez al comparar esta novela con otros títulos de su obra.

La marca de Tucumán

Aunque el pueblo donde ocurre parte de la historia no tiene nombre, el escritor reconoce que tomó elementos concretos de Cachi. “Tengo muy claro cuál es el pueblo y creo que cualquiera que haya estado en Cachi va a identificar inmediatamente la iglesia con los tres campanarios”, señaló.

Sin embargo, también aparecen recuerdos de Tucumán. “Es un pueblo donde hay una religiosidad popular importante. También aparecen elementos muy propios del norte, como los tamales. La verdad es que son recuerdos, sobre todo, de Tucumán”, contó.

La provincia ya había influido en otra de sus novelas. Martínez recordó que una conversación durante una visita a Tucumán aportó una idea central para “Los crímenes de Alicia”.

“En Tucumán hay una escuela muy fuerte de lógica analítica que conocí gracias a Alberto Rojo. En una cena después de una charla me hablaron de Willard Quine y del dilema de la traducción, y eso quedó un poco en el corazón de ‘Los crímenes de Alicia’”, relató.

También el experimento científico que aparece en “Un crimen dialéctico” nació de un intercambio con Rojo, el músico, escritor y físico tucumano. “Empezó en un café, cuando me contó sobre este experimento. Yo no podía darle del todo crédito a lo que me decía, así que se lo discutí en varias instancias”, recordó.

Militancia y conflicto

El protagonista de la historia tuvo un pasado como militante revolucionario. Esa experiencia dialoga con recuerdos personales del autor. “Yo también tuve una época de militancia de tipo estudiantil, cuando se reorganizaron los centros de estudiantes”, contó Martínez. También recordó que su padre fue un dirigente político de izquierda y que sufrió persecuciones en distintas épocas. “La novela está dedicada a mi papá. Digo allí que fue quien me habló por primera vez de la dialéctica y muchas frases podría haberlas dicho él”, explicó.

El autor remarcó que no quiso construir una figura heroica ni una situación sencilla desde el punto de vista ético: “no quería hacer la novela del militante ejemplar. Por eso este militante tiene un dilema tremendo que afrontar”.

La decisión de complejizar ese conflicto también aparece en relación a la persona que el protagonista debe confrontar. “Me gustaba la idea de que la persona que él tiene que matar sea un tipo muy amable, muy agradable. Eso hace que todas las cuestiones sean más difíciles”, sostuvo, y contó además que una representación de “Las manos sucias”, de Jean Paul Sartre, que vio hace unos cuatro años en el teatro, reactivó recuerdos de sus años de militancia y de lecturas existencialistas. “Me quedé pensando que algo de esa época había que rescatar: el compromiso, el juramento, la posibilidad de dar la vida, la lucha conjunta, la idea de una sociedad mejor”, expresó.

Dificultades

La novela reserva varias páginas para discusiones científicas. Martínez reconoció que pueden exigir mayor atención, pero rechazó la idea de simplificarlas. “Entiendo que hay que hacer un cambio de paso para leer esa parte, pero no existe ninguna dificultad real en lo científico. Solamente requiere quizá un poco más de atención para seguir los argumentos”.

También contó que decidió mantener esas páginas pese a la posibilidad de que algunos lectores las encuentren más exigentes. “Desistí de la idea de simplificarlo y ahí me amparé un poco en lo que hace Borges. Borges no pide permiso para desgranar una cantidad enorme de citas recónditas en sus cuentos”, afirmó.

Desde allí, el escritor amplió su mirada hacia el presente y los hábitos de lectura. “Una de las preguntas más recurrentes que me hacen es qué pienso de estos tiempos difíciles, en los que no se lee, los libros están muy caros y la gente huye hacia los celulares”, señaló.

Martínez recordó entonces una frase de Borges y la llevó hacia una reflexión propia. “Borges dice: ‘le tocaron, como a todos, malos tiempos’ y es cierto, no hay tiempos que no sean difíciles, el problema es que sean estúpidos”, afirmó entre risas.

Luego profundizó esa mirada sobre el debate cultural actual. “Creo que nos estamos achatando en muchas cuestiones y discutimos cosas que tendrían que estar superadas. Eso me da un poco de desazón”, expresó.

El escritor también cuestionó la pérdida de peso de la crítica literaria y sostuvo que muchas lecturas profundas fueron reemplazadas por pequeños círculos de elogios en redes sociales. “En el arte no todo vale lo mismo”, afirmó.

Sobre el presente de la cultura y la ciencia, Martínez cerró con otra definición crítica: “hay una especie de igualación en la ignorancia que es tremenda”.